Hay lugares que uno visita y hay lugares que lo llaman de vuelta. Jeri es de los segundos: volvemos todos los años, y cada año nos recibe como si nunca nos hubiéramos ido.
Allí el tiempo camina descalzo. Las calles son de arena, el viento dibuja las dunas y llena el cielo de cometas de kite, los barcos de pesca descansan a la orilla y, al caer la tarde, todos suben a la duna a aplaudir el sol que se hunde en el mar. De noche el cielo se llena de estrellas y el forró se apodera del pueblo.
Fue allí donde aprendimos a ir más despacio y a mirar juntos el mismo horizonte. Por eso no podía ser en otro lugar: queremos compartir con ustedes el rincón del mundo donde más nos sentimos en casa.







